Intuiciones navideñas
Cuando era niño y joven de corazón y de convención, la navidad era la mejor época del año. Me gustaba, o me ilusionaba sintiéndolo así, embriagarme con el ambiente de las familias, los dulces, los belenes, los regalos...
Hoy, como viene siendo habitual en los últimos años, he compartido una breve cena con mi familia. En este nuevo tiempo, la navidad sólo es convención. Mi corazón viaja por otro universo; disfruto de la comida, respeto a mis cercanos, dibujando sonrisas breves, aguantando el tipo. Pero, hoy, la navidad ya poco significa para mí. Ya no tiene el aliciente excepcional que tenía. Será porque, en el fondo y contradiciendo al tópico, entonces no era tan feliz como ahora.
Dicho con sencillez, no necesito la navidad porque en mi corazón todos los días es navidad. No necesito que los niños me regalen su magia porque la magia está instalada en cada pálpito y en cada instante de mi vida. Que hoy o mañana sea nochebuena o año nuevo, ya es intranscendente. Yo muero y renazco en cada lágrima, cada nuevo pensamiento y en cada giro. Para quien entiende y sabe que todas las cosas son nuevas en todos los tiempos y lugares, la tradición es menos que nada.
El resultado es una percepción errónea por parte de mis cercanos; me ven ausente, estoy sin estar. Realmente, pocas cosas hago yo que no impliquen una ausencia mientras voy aguantando el tipo con el fin de cumplir con unas mínimas convenciones sociales. Yo sólo soy yo en plena atención a los hechos inmediatos cuando leo un libro, veo cine, imagino mirando al cielo, a la tierra o a los horizontes, o cuando estoy con amigos íntimos.
Mi introversión es profunda, patológica a los ojos de ciertas personas. Por encima de todo, soy uno que no sabe vivir sin tener un pie en el cielo, lo cual explica mis largos silencios y mis ojos perdidos en el infinito. Alguna gente podría decir que estoy loco, que algo falla en ésta cabecita, que algo se me quedó a medio hacer en el duro salto que va de la infancia a la edad adulta. Yo mismo reconozco parte de esas apreciaciones: ya dije que hay algo que no cuadra. Existe un dolor indescriptible, algún tipo de lastre, terror, alienación en oscuros recodos del recuerdo...
Tal vez sea el precio de ser libre y de prolongar sin final la ilusión de la navidad.

