domingo, julio 30, 2006

El mar y la guerra



Las guerras son siempre malas, pero a veces pueden ser legítimas o inevitables. A un joven ingenuo como yo no se le escapa el hecho de que la guerra puede ser motor de cambios, revoluciones, defensa de la dignidad, la libertad y la autodeterminación de ideas, pueblos y razas. Soy hombre del Kosmos, pero también vago por los subterráneos del devenir histórico, de la sangre de las estirpes, los clanes y las sectas ideológicas (todas las ideologías son sectarias). Es decir, que yo sé que si los hombres han provocado muertes con el uso de la violencia no ha sido exclusivamente por un mero capricho alimentado desde los rugidos ancestrales que todavía bullen en los genes de la sangre, la rabia y los rugidos de la bestia desde la cual hemos evolucionado a lo largo de muchas eras.

Existen motivos que radican en lo simbólico, en los ideales o en la necesidad de diferenciarse, tener un territorio para no ser un desarraigado, defender unas ideas que otros desprecian con el poder de las armas o con el simple y llano insulto. El ser humano mata porque tiene miedo y necesita hacerse un lugar en el mundo: ésta es mi tierra, ésta es mi ideología, éste es mi dios, éste soy yo. Si amas a mi dios, y a mi tierra, y respetas y comprendes mi ideología, me estas amando a mi. Si no lo haces, te declaro la guerra, si no comprendes lo que yo amo, nada de lo que soy le será útil al mundo, por eso odio lo que eres y a los que son como tu

Leí la noticia de la nueva carnicería del ejército de Israel en el Líbano, con cincuenta civiles muertos, una treintena de ellos eran niños inocentes. La guerra de oriente medio es una guerra que no tiene fin ni origen, ya nadie sabe a ciencia cierta quién empezó la tangana como tampoco nadie acierta a dar con una solución real. Con el tiempo y las generaciones, sólo quedan siglos y siglos de odio trasmitido de padres a hijos, con el adoctrinamiento y la sangre, la sangre digo, pues no me cabe duda que tanto odio acumulado durante tantas generaciones, termina por incrustarse en los genes, y ese pulso del odio va perpetuándose sostenido en las mismísimas estructuras biológicas.

Ahora, el odio hacia Israel ya es imparable, tanto en el mundo occidental como en los países islámicos. Pero ahora más que nunca se necesita de una reflexión fría, de poner a todos los actores de la batalla en su justa medida, comprendiendo y compartiendo los problemas y las cosmovisiones de todas las partes implicadas. Dejarse llevar por el odio hacia los verdugos de turno no conduce a ningún sitio. Lo del gobierno de Israel es terrorismo de estado (con todo lo que ello supone), así como lo de Palestina es el terrorismo de las minorías, de los que no tienen otra forma de defenderse frente a estados omnipotentes que tienen la legalidad y el derecho de su parte. Yo, hoy, soy israelí, soy palestino, soy libanés, soy sirio y soy iraní. A nadie le gusta hacer la guerra, pero cuando hay siglos de incomprensión, de dolor, de traiciones, de saqueos y, sobretodo, de ofensas, los seres humanos que forman parte de un colectivo cultural, compartiendo la fe en un dios, la necesidad de tener un destino y una tierra sobre la que edificar un arraigo, una familia, unas costumbres...Como dije antes, algo tan sencillo y humano como tener un lugar en el mundo, donde ser tú mismo, con los tuyos (la identidad colectiva de la que formas parte), y teniendo la seguridad de que tus vecinos, aunque tengan mejores armas que tú y unas creencias distintas a las tuyas, van a respetarte, amarte y comprenderte incluso en tu diferencia respecto a ellos.

Utopía...


El mar mediterráneo me une, todavía más, con aquellos pueblos de oriente, hoy ensangrentados sin remisión, y amenazando con una conflagración que puede acabar teniendo ecos de alcance mundial. Es curioso comprobar que la mayoría de las profecías que han ido publicándose en los últimos años señalaban al año 2006 como el del inicio de la debacle en oriente medio, precedida por la muerte de Arafat, tal y como anunció Michael Drosnin en su famoso best-seller sobre el supuesto "código secreto de la Biblia". Ni soy catastrofista ni creo que el futuro esté escrito en parte alguna, pero me llama la atención la precisión de algunos de estos pronósticos. Y lo digo porque hoy, al ver las fotografías de esos niños asesinados, he sentido un odio y un asco inmensos.
Y todo ese dolor y ese resentimiento, para un padre que ha perdido a su hijo, para un musulmán que contempla cómo estan expoliando y asesinando a los suyos, no se cura ni en semanas, ni en diez años, ni en diez milenios. Y el pulso del odio impone la venganza y la autodefensa irracional. Por tanto, nunca se me hizo tan plausible la idea de que caminamos hacia una destrucción total, aunque espero que no sea irreversible y los que logremos sobrevivir a la barbarie podamos levantar un nuevo mundo aprendiendo de los errores de la vieja civilización, sin más dioses que los que brotan del amor a las cosas del mundo, viviendo en paz con nuestras diferencias, tanto individuales como colectivas.

El mismo mar mediterráneo que ahora contemplo, el que me enseñó la ternura, la magia de la vida, el arte de la comprensión y la alegría de mis pasos en cada atardecer, es el mismo mar que baña las tierras de Israel y el Líbano, las tierras del odio, de la incomprensión y la miseria humanas. A este lado de la orilla, reina mi paz. Allá en el horizonte oriental, se desencadena un infierno. El mediterráneo, en todo caso, es lo que nos queda y nos une.

lunes, julio 24, 2006

Yo, Sinuhé, el que es solitario

Así fue como llegué a ser hombre y no era ya ningún muchacho cuando llegué a Simyra después de tres años de ausencia. El viento marino disipó los vapores de la embriaguez, dio claridad a mis ojos y restauró la fuerza de mis miembros, de manera que comía y bebía y me comportaba como los demás, aunque no hablase tanto, porque era más solitario todavía que antes. Y, no obstante, la soledad es el patrimonio de la edad adulta, si así ha sido siempre establecido, pero yo había sido solitario desde mi infancia y extraño al mundo desde que abordé a las riberas del Nilo y no tuve que acostumbrarme a la soledad como tantos otros, sino que la soledad era para mí un hogar y un refugio en las tinieblas.

Primer párrafo del libro noveno de Sinuhé, el egipcio, de Mika Waltari, y hermoso anuncio del solitario que ha crecido entre el mar y la tierra.

domingo, julio 23, 2006

Paréntesis

¿Que porqué la Torre desde hace un tiempo solo regala sus pensamientos muy de tarde en tarde?

Primero eran los exámenes, luego nos metimos en el furor balompédico y el verano, con el calor sofocante, el cual no deja mucha energía a la inspiración. Y el ajetreo del turismo y los trabajos que requiere. Éste último, como se puede comprobar en mi "Historia de un deseo de reconciliarse con el mundo", me sienta como una patada en los huevos acompañada de una grave infección de estómago, pero de ello cómo y vivo, así que...

Por otro lado, intento centrarme en la escritura del libro que me traigo entre manos. A pesar de todo, anuncio que pronto espero (espero, deseo, anhelo)reemprender la marcha y la costumbre de subir a la Torre y hacer realidad unos cuantos proyectos que le tengo reservados.

Aquí estaré. No me olvides.

Historia de un deseo de reconciliarse con el mundo (y III)

Encontré el camino, gota a gota, en cada pequeña revelación cotidiana. Los miré a los ojos y vi algo de luz. Volví a mirarme en el espejo, fui feliz. No he renunciado a mí mismo y ahora la paz se extiende por cada una de mis células. Seguir siendo yo mismo a la par que amar un poco más a mis semejantes. Así pues, de entre el barullo turístico, entre tanta mierda, estrés, interferencias de todo tipo, merluzadas, motocicletas y comida basura, en toda esa confusión de irritante superficialidad, encuentro un abismo de luz.

Lo importante es la comprensión de que todos estamos hechos de una misma esencia. Mi estilo críptico solo encubre una cobardía, un ego, una hipérbole de artista pretencioso. Toda esta historia de un supuesto “deseo de reconciliarse con el mundo” es fruto de mi viciada imaginación, que va moviendo tierra y océanos desde el mundo de abajo para poder encadenar palabras aquí arriba. La respuesta ya la sabía antes de empezar el relato. No obstante, algo de esquizofrenia hay en todo esto. Amo al mundo y, a la vez, lo odio hasta la muerte y por la muerte. Me gustaría matarlos a todos. Me gustaría sacrificar mi vida para que todos pudiesen ascender a lo alto. ¿No hay algo de mesianismo en mis palabras?. No lo niego, siempre he querido fundar una Nueva Edad. Tener a toda la humanidad en el corazón, ser yo en todos y todos en mi. Aunque sean unos puercos turistas que rezuman cansancio y rutina enfermiza.

La respuesta la tenía delante de casa. ¿A qué vienen aquí cada verano? ¿Qué les gusta de la asquerosa Playa de Gandia, toda ella comercio, vejestorios con nietos chillones que se mean y sueltan sus zurullos en la acera, discotecas cutresalchicheras, vertederos malolientes, basuras desparramadas por el suelo, multitudes de plagas de cucarachas, ratas y ratones que infestan los edificios y comen de la suciedad que los puercos turistas dejan por todas partes, tanto de puertas adentro de casa como del portal a la calle? Ni un solo monumento histórico, ni zona artística o que contenga algún tipo de patrimonio cultural para visitar, ni un solo espacio cultural para el paseo y la lectura tranquila, ni una jodida librería abierta para pasar un rato ojeando libros. No les culpo. El hacinamiento y la incultura provocan estas cosas. Pero en fin, el que se haya pasado por la playa de Penyíscola (por poner un ejemplo) apreciará la diferencia y la mierda que es la playa de Gandia.

La respuesta, en fin, está en la mar que baña estas tierras. La mar es como una madre que a todos nos acoge y nos seduce. Que me lo digan a mí, todo un Hijo de las Olas. Salí a dar un paseo junto al mar, de buena mañana, semidesnudo y con los pies descalzos para disfrutar del calor de la tierra, cruzando toda la playa de Gandia hasta la playa virgen del Ahuïr ( a medio camino entre la de Gandia y la de Xeresa), lugar para comunicar con los dioses y para tenderse en la arena y mirar a los cuatro horizontes sin un solo edificio que te pegue un puñetazo en el ojo: todo lo que ves es arena dorada, dunas salvajes, aves, insectos y brisa marina en libertad...y la mar, la mar, la mar, la mar.... Más allá, hay una playa nudista, propiedad pública de la localidad de Xeraco . Allí la gente va a disfrutar de la naturaleza, el sol, la mar y el sexo. Al regresar a casa, veo en ellos, en sus ojos, la misma magia, la misma redención y paz que surge de contemplar el mediterráneo, su poder curativo, la sensación de trascendencia al tomar un baño a la hora del atardecer o en la euforia matutina.

Hay cosas que nos hacen formar parte de una misma esencia. La mar me ha reconciliado con el mundo. Y a veces, veo al mundo desde lo alto de sus crestas y animado por su simpatía azul.

lunes, julio 17, 2006

Historia de un deseo de reconciliarse con el mundo (II)

El humo de los coches me tiene envenenada la vista. Desciendo por los escalones del bloque de apartamentos que mis padres alquilan cada verano a los turistas, pongo el primer pie en la acera y un escupitajo me da los buenos días. Un merluzo gordo y maloliente, me mira con despecho (en realidad soy yo el que lo mira con desprecio, cosas de mi paranoia), limpia sus labios de la chorreante baba que aún le queda del precedente eructo y sigue con su labor de aplastar cemento . Papeles, latas y mierdas de perro por todas partes. ¡Esto es el turismo, señores!. Pero es el humo, el humo que sube desde la mancha de alquitrán sobre la cual los pedazos de chatarra van repartiendo el ruido, ése humo es el que me tiene cegado. Los pulmones se van ensuciando, pero el cielo azul lo compensa todo. Sin embargo, lo que ven los ojos...eso, no se puede perdonar. No por lo que yo no pueda ver, sino por lo que otros empañan con sus bocazas, bien hablando de cutreces insufribles o metiéndose la mierda que les sirven en los bares y chiringuitos. Entre la oscuridad de edificios y seres yacentes en pozos de ignorancia, he buscado el amor. Está, pero habría que hurgar más hondo que los pozos. Los pozos de miseria se cavan en unos escasos instantes de flaqueza.

Para encontrar al amor, necesito siglos de comprensión y de saber amar lo que ahora tanto odio. Sería como cruzar el laberinto poblado de espejos de reflejos que son yo y los otros, todos juntos buscándonos entre la marea del odio y la egolatría. ¿ Y si me abro paso con ternura ?. Sólo con ternura...

Es lo que he soñado esta noche, entre humedades libidinosas y ensoñaciones en el que yo, desnudo, me abrazo, penetro y acaricio a otro cuerpo desnudo, que tanto podría ser masculino como femenino. He soñado con la ternura, he llorado, he temido por mi y por las vidas de los míos. Y más allá de no sé exactamente qué inconmensurable sensación, se intuye que la humanidad es una y que todos vamos en una misma corriente, pero chapoteando, buceando y nadando por superficies más limpias o más sucias, con más o menos profundidad o en distintas direcciones. Pero todos vamos con la corriente... Yo veo superficies y profundidades. Me temo que hay demasiada gente que se contenta con las olas de la superficie, sin saber nada de las profundidades. Y aquí, yo, como un pardillo, caigo en mi trampa de ególatra compulsivo al no reconocer que ésa es felicidad y que yo, en la malhumorada existencia, ignoro cuanto desprecio. Tengo mucho que enseñar a los demás igual que los demás a mi.

Yo he visto a la gente tragando venenos en los restaurantes. Y los he compadecido. Y, ahora, tras el sueño de la ternura, reconozco un regalo. La visión de una familia sentada alrededor de la mesa con las sonrisas de unos niños tragando patatas fritas y helados de chocolate. Y una niña que mira los dibujos animados en el televisor, embobada, inocente. ¡Esa niña era yo! En la mesa de la esquina junto al frigorífico, mientras el tenedor pincha la ensalada de lechugas con tomate, atún y maíz, la otra mano acaricia una ceja y el ojo del amante comunica un universo de ternuras. Mientras observo, me sonrío en el espejo y de esta manera me doy un baño de humildad. A pesar de que luego, al salir del bar camino de casa, vuelvo a adoptar la mirada ruda, me quedo ciego por el humo y escupo algún insulto.

Pero así, pacientemente, se van cavando los pozos de luz...

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