Los nacionalismos no son el problema.
Me ha tocado vivir en un país difícil. Y, por ende, me toca sufrir las diarreas mentales de unos y otros, sus imposiciones, sus odios irracionales y toda la verborrea política que intoxica las mentes de la desagraciada muchedumbre. “Spain is diferent”, dicen algunos, para mí es un fango (o una mierda) del que de momento no puedo escapar. No tengo nada contra los españoles (o contra quienes se consideran vascos, catalanes, gallegos...etc), pero me exaspera tener que aguantar diarreas mentales a la par que estar forzado a formar parte de una determinada construcción política con la que seguramente no me siento identificado.


Ahora estamos en tiempos de reformas de estatutos, el debate parece cobrar más fuerza y el “problema” de las identidades colectivas exige empatía, consenso e hilar muy fino. La verdad, los humanos hacemos un problema de cualquier chorrada, y las identidades colectivas es una de ellas. Pero, tal y como está el patio, y dado que al fin y al cabo todos - más o menos - somos entes sociales, cabe reconocer que la mayoría de la gente necesita sentirse parte de algún tipo de colectividad o “cultura” que refuerce su sentir como ente pensante que interactúa con un conjunto, con una globalidad de “semejantes”.
Lo que no aguanto es la intransigencia y hostilidad mutuas entre distintos “sentimientos nacionales”. Para este ensoñador errabundo y lunático, todos los “salva-proclama-patrias” pueden irse al infierno y comerse juntos la mierda que cada día dejan caer a través de medios de cualquier índole, pero, digo, que como ente que se siente responsable del todo en el que vive inmerso, siento la tentación de “dejar las cosas en su sitio”.


Resultan divertidas las diatribas entre españolistas e independentistas. Es especialmente irritante la pretendida superioridad moral de aquellos que se sienten españoles, acusando siempre a los nacionalismos periféricos de excluyentes o fruto de un fantasmal “lavado de cerebro”. Recientemente, uno de estos salva patrias de la España grande y hermosa, justificaba esa superioridad moral argumentando que él se siente tan cercano de un madrileño que de un barcelonés, y que si Cataluña quiere ser nación, está excluyendo a todos los no catalanes. Es decir, nos venden el mito falaz de que el nacionalismo españolista es más integrador y solidario que el nacionalismo separatista. Y, por tanto, presuponen, que a los separatistas sólo les interesa “barrer para casa“, aparte de estar cegados por una perversa visión etnocentrista del mundo. Cuando las falacias abundan, los demagogos y moralistas acechan y uno no sabe por dónde empezar y acabar, con tanta mosca zumbante en el estercolero.
El nacionalismo de hoy, en muchos casos, ya poco tiene que ver con las sangrientas convulsiones de épocas pasadas. El paradigma del desastre de la antigua Yugoslavia suele utilizarse como soporte en la demonización de todo nacionalismo separatista. Un estudio a fondo del problema balcánico esclarece muchos puntos y el camino queda despejado hacia otros ámbitos de comprensión para con los ideales secesionistas. Siguiendo, pues, con el ejemplo actual y el terreno que estamos pisando, España, debo decir que un españolista no es más cosmopolita que un separatista. Es decir, yo he hablado con separatistas (y, ocasionalmente, me he “convertido” en separatista, por tanto, hablo con conocimiento de causa) y se puede ser, a modo de ejemplo, catalán separatista y sentirse perfectamente unido y solidarizado con el resto de “identidades” autonómicas que forman el estado español. Cuando un votante de ERC reivindica que Cataluña sea definida como nación, o el derecho de los catalanes a tener un estado propio, no está diciendo (o por lo menos, no necesariamente) que Cataluña sólo es para los catalanes. Está pidiendo una diferenciación, un salir a flote de una identidad colectiva que puede convivir con otras pero que desde luego, esa identidad no quiere formar parte de una “idea” o construcción política llamada España, sin minusvalorar los factores económicos; el derecho a autogestionarse sus propios recursos económicos. Hoy no entraré a explicar porqué no se sienten cómodos formando parte del concepto “España”. Pero sería imperdonable eludir el hecho de que la uniformidad y homogeneidad a la que obliga la actual idea de España, es, en cierto modo, una agresión a la diversidad y a las peculiaridades de cada una de sus partes.
De esto se puede deducir que el nacionalismo separatista es la reivindicación de lo diverso y heterogéneo frente a lo uniforme. Una uniformidad mal construida, puede llevar a la supresión de la libertad, a la mengua de unos sentires colectivos diversos. La diversidad debidamente sostenida en un todo armonioso, en cambio, es garantía de libertad, variedad, de una sociedad plural que otorga distintas perspectivas y posibilidades. Es decir, la diversidad es fundamental en una sociedad madura y libre.
Por todo lo explicado hasta aquí, el nacionalismo separatista no es necesariamente excluyente. Practicar o no un nacionalismo excluyente no depende del tipo de nacionalismo que te sea afín, sino de la actitud de sus miembros. Un españolista inmerso en la idea “castellanista” y centralista de España puede ser más excluyente que un vasco que lo único que pide es que su pueblo tenga estado y autodeterminación, sin por ello excluir al resto de sensibilidades, con una actitud de empatía y comprensión y voluntad de crear un sistema que integre todas las posturas políticas. Es, en definitiva, un problema de actitudes, no de nacionalismos y/o patriotismos.
En un mundo diverso y globalizado como el nuestro, el nacionalismo (o patriotismo) excluyente no sólo es inviable, sino que merece la repulsa y la condena. La globalización por si misma no es mala, lo malo es que acabe haciéndonos a todos iguales, suprimiendo la diversidad y las distintas cosmovisiones que aportan las culturas del planeta. No seamos necios: todos los seres humanos somos iguales. Y, sin embargo, somos diferentes. Esa diversidad no es una maldición, es lo que nos garantiza la libertad, el tener distintas perspectivas, poder elegir en cada momento y en cada zona del planeta con quienes me identifico y con quienes no y a través de qué prisma veo y entiendo la vida política y social. Y la gran aventura de poder descubrir el sustrato común a toda la humanidad que se oculta tras las “máscaras” de lo diverso.
Concluyo: al paredón los españolistas y secesionistas excluyentes, todos. Vamos todos en el mismo barco, pero cada uno en lo suyo, con los suyos y a lo suyo. Por un mundo diverso, una unidad fundamentada en la diversidad.




