Quiero recuperar altura y seguir con el mundo de allá abajo. Si permanezco aquí arriba, es porque así debe ser. Y no puedo hacer otra cosa. Los secretos que únicamente yo puedo comprender, por eso son mis secretos y vivo atrapado en ellos, arrojan una luz en la tarde de un día o en el melancólico momento. Cuando sabes que has hallado tu destino, y ese destino señala un camino cerrado por los de allí abajo, la frustración aparece y entras en una espiral de preguntas, y exclamaciones, sospechas, paranoias. Me doy miedo a mi mismo, porque cuanto más creo saber de mi, más extraña es la imagen revelada. Sí, imagen, solo soy una impresión superficial y evanescente de lo que creo que soy.
Ser artista es una enfermedad. Supongo que nos sucede a todos los que anhelamos embellecer el mundo o hacer de la vida esa aventura fascinante que ni el mismo dios tuvo aledaños para inventarla. Enfermedad. En otras ocasiones, lo he expresado de esta manera: hay algo en mi que no va bien. Así, tan sencillo de escribir y de pensar. Y sé que la frase es de dudosa interpretación. ¿Qué es eso que no va bien?.
Los que somos, o necesitamos, o queremos ser artistas, nos creemos seres muy especiales. Desde que era un niño siempre me he visto a mi mismo como alguien “diferente” que tenía un papel importante que cumplir en la tragedia colectiva. Recuerdo que en mi imaginación de niño, yo era un ángel, un enviado. Supongo que todos los niños, a una determinada edad, fantasean con ideas similares. El artista, tal vez, nunca deja de ser un niño, en parte, adulto en busca de ese tesoro imaginado en el paraíso perdido. Yo nací haciendo de la vida una aventura que supera a todas las posibles ficciones. Me he pasado la vida fantaseando, y no se me quita la enfermedad. Algunos sueñan con ser artistas, yo no tengo elección , si quiero ganarme la vida honestamente. ¿Pero qué digo?. Digo y escribo que yo he nacido para ser libre. No hay un punto intermedio, nunca voy a integrarme en ningún sistema que no sea el surgido de mis vibraciones. Lo siento, madre.
Por eso, también, desde que era un adolescente, y según iba tomando conciencia de mi secreto, miraba con una mezcla de miedo y empatía a los seres marginales; los vagabundos, los drogadictos olvidados por sus padres y amigos, el cantor solitario que canta para que le den unas pesetas, el indigente borracho que se pasea por las calles hablando solo, y que cada noche duerme tirado en cualquier lugar. Yo tenía que aportar mi arte - o mi verdad - al mundo. Al principio me veía a mi mismo como músico y cantante. Luego pensé en la pintura. Pero pronto descubrí que era un inútil en las artes plásticas y que mi voz no servía para cantar. Solo me quedaba la escritura, y ahí encontré mi vocación. No puedo ser otra cosa que ser escritor. O sobrevivo con mi arte, o terminaré abandonado como un vagabundo. No estoy de parte de la sociedad, estoy de parte de ellos. Esa es la enfermedad, no puedes escapar de ella, no hay síntesis probable. Yo he nacido para ser rico, o para la indigencia.
La gente piensa que soy un niño malcriado, y los comprendo, ya que es difícil comprender la verdad. Y frente a la incomprensión, guardo un silencio exasperante, puesto que, contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano. Soy un niño, nunca dejaré de serlo, no por complejo de Peter Pan, sino porque llevo grabada en el alma la orden de la aventura sin par y la trascendencia. Esto es como un proyectil nuclear: o llega a un destino deslumbrante - o explosión de libertad y arte - o se destruye (autodestruye) a medio camino de nada. A lo que ellos llaman malcriado, para mi es sobrevivir a la enfermedad.
Muchas revelaciones y sagradas intuiciones esperan ocultas en los archivos de la torre. Este blog va a tener un final, conclusión que, espero, tardará, al menos, unos pocos años en realizarse. Ya no me cabe duda de que este es mi primer libro -en impresión digital, pero bueno - y como todo buen libro, quiero que tenga un clímax final. El señor de la torre quiere abrir los archivos y desnudarse en público. Son las visiones y ensoñaciones de un enfermo de vida que no tiene otra forma de canalizar y expresar su amor por la vida que mediante su arte. Por eso el arte es la vida, y también, la enfermedad.