Furor Balompédico ( Baúl de recuerdos )
Somos el fruto de la semilla que recibió los cuatro mil golpes en los primeros años de la existencia. Y esos golpes marcan, duelen, hechizan, condicionan y moldean los pensamientos y el carácter del protagonista de una vida individual. Pero hay golpes de muchos tipos diversos y vientos de distinto matiz y tempo en sus caricias sobre el alma. Lo que ahora soy, arranca en la infancia, ésa etapa ,tan vulnerable a todo, en la que descubres el mundo con maravilla y el esporádico recreo de los momentos felices se convierte en una huella, en condición, gusto, expectativa y sentido.
¿Qué puede ser la infancia?: el sabor de una golosina, una tarde de caminatas por el campo junto a la cálida compañía de mis abuelos, unas lágrimas entre compañeros, juegos en el barrio hasta las nueve de la noche, un pantalón roto por el juego de trepar a algún tejado o árbol, una partida a las canicas, un game over en la sala de recreativos que había a pocos metros de mi casa, una película de los hermanos Marx en el antiguo y ya hace mucho extinto cine del pueblo, King Kong en blanco y negro gritando su enamorado y solitario desafío al mundo desde la cima del Empire State de Nueva York, Luke Skywalker revelando el verdadero rostro de Darth Vader, Yoda enseñándome que, allá en el centro de los oscuros peligros, sólo debo temer a lo “que lleves contigo” y que “el futuro siempre está en movimiento”...y un partido de futbol.
Mi amor por los caminos y el caminar encuentra su génesis en el mismo pasado infantil que me empujó a disfrutar de otras lindezas del mundo menos puras y cultas, algo banales, Idolatrizadas, inconsciente y masivamente consumidas por las masas como si de una religión o vía de escape se tratara. Para cubrir el vacío de las vidas sometidas a los titiriteros de la gran maquinaria de la muerte, están los grandes espectáculos como los que ofrece la telebasura o el deporte organizado de élite y de mediática influencia en muchos hogares y corazones. ¿Porqué un ser humano llora por la derrota de su selección nacional?. Estos días lo estamos viendo en directo con motivo de la celebración del mundial de futbol en Alemania. Cada fracaso puede resultar en centenares de lágrimas, qué digo, miles de lágrimas en todo el mundo. Pasiones irracionales. ¿O no será simplemente la pasión por el juego, el espectáculo, el querer encontrar un símbolo de una victoria idiosincrásica en una hazaña tan simple como meter una pelotita en una red sostenida entre cuatro palos?. El gol es la felicidad. Pasajera y falsa, pero felicidad. Miren los rostros de los aficionados que cantan su gol, cómo brillan, como fingen ser lo que no son, pero cómo, al mismo tiempo, viven una alegría sincera, surgida de algo tan inocente como irracional.
No voy a contar lo que todos saben. El ser humano es un ente simbólico. El mundial de futbol es un acontecimiento deportivo ( y cultural, ojito) en el que millones de seres humanos vierten, desfogan, canalizan y cristalizan esa capacidad simbólica que, en este caso, va de la mano de la pulsión más irracional. Pero ahí es donde quiero apuntar: cuando la selección de Trinidad y Tobago celebra su debut en tan alta cita deportiva,logrando no más que un empate a cero, se está celebrando el triunfo simbólico de toda una nación, tan humilde y desconocida como el citado estado caribeño.
A más de uno puede extrañarle que un blog de estas características haga una pausa en sus altos vuelos desde la alta torre para hablar de futbol y del actual mundial en Alemania. Mi pasión por las letras nace de mi infinita curiosidad y amor por la vida. Mi pasión por un mundial de futbol (que no por el futbol en general) nace de una de esas pequeñas huellas de la infancia que, de tan intrascendente, marcó una parte de mi carácter y mi destino. El juego es el juego. El futbol sólo es un juego al que de manera estúpida se le ha ensalzado a la categoría de un moderno “pan y circo” y a los futbolistas a la categoría de ídolos juveniles, nuevos diosecillos para la sociedad consumista que no da pie con bola en la búsqueda de un ocio y unos valores verdaderamente sólidos por su poder de voluntad, creatividad y espíritu. Mola ver cómo Ronaldo la mete tras hacer la bicicleta pero no mola que su figura ocupe tanto espacio en los distintos medios.
Y ya me estoy perdiendo...
Decía que el futbol sólo es un juego. Pero el mundial de futbol es, lo digo sin rubor (o eso quisiera yo), el mayor espectáculo del mundo más inmediato y terrenal, por la fuerte carga emocional y simbólica del evento, por la intensidad y nivel competitivo y por la esporádica calidad de algunos de los maestros del balompié. Fíjese el lector en la especificación; mayor espectáculo del mundo terreno e inmediato. Para espectáculos de más alto nivel, por supuesto, ya están las estrellas del firmamento y los universos de la imaginación. Ego dixit.
Generalmente no veo partidos de futbol y por eso he dicho antes que me gusta el mundial de futbol, que no el futbol, por su condición de gran espectáculo celebrado cada cuatro años y que se manifiesta en más dimensiones que la meramente recreativa. Y por aquella huella de la infancia.
Yo fui un niño de los años ochenta , la década ochentera como la llaman ahora, y aquella, como todas las épocas, estuvo repleta de iconos, estilos y hechos que marcaron a sus generaciones de niños y adolescentes. Mi gusto por el futbol mundial arranca en el mundial de México 86, el de Maradona y la mano de dios y el mejor gol jamás visto en la historia de los mundiales, el de Lineker, la quinta del Buitre, el de la explosión eufórica en aquella mágica tarde (madrugada en España) de Querétaro y el penalti errado del pequeño Eloy Olaya que nos privó de la ilusión de pasar a semifinales. Todo espectáculo, todo pasión irracional. Al final, una huella se quedó...
Por aquél entonces, yo no contaba con más de siete años. Y a partir de ese punto del camino, no me pierdo una cita de este calibre, y así es ahora en el presente campeonato, a pesar de tantas cosas importantes, mucho más importantes que ver correr un balón entre las patas de veinte tipejos uniformados para poder alzar la copa de oro del mundo, como si del becerro de oro se tratara. Y eso que tengo tanta literatura entre manos. Pero para literatura, la historia de la selección española en los mundiales. Una historia épica por trágica e increible, por las lágrimas, por las oportunidades perdidas, los goles que fueron y no fueron, la injusticia divina de un árbitro, el pesar y la frustración colectiva. Desde el famoso gol de Michel que no subió al marcador, contra Brasil en el 86, hasta Luis Enrique con las narices ensangrentadas por el codazo de Tassoti. Aquél partido contra Italia en Estados Unidos 94; en realidad, todos teníamos la nariz rota, todos habíamos recibido el codazo de Tassoti. La sangre y las lágrimas de Luis Enrique eran la sangre y las lágrimas y la expresión de la impotencia de todos los aficionados que se quedaron con cara de tonto tras el gol de Roberto Baggio. Y más recientemente, lo de Corea en 2002...sin comentarios. Lo dicho, ver a la selección española en los mundiales es una tragedia épica que recorre el estómago hasta el corazón. Por eso mola. Es literatura. Por eso, vale la pena detenerse para ver cómo termina todo esta vez, quien será el protagonista de las lágrimas o si - ya va siendo hora - el maleficio se rompe (esta vez sí, ha dicho Zapatero) y hace una enmienda a tres décadas de frustraciones.
Los posters de Samanta Fox, la pechugona italiana de Sabrina, el The final countdown de los Europe, los programas de Torrebruno, Espinete y Don Pim Pon, Epi y Blas, el verano azul junto a “Chanquete”...y los cuatro goles del “Buitre” en Querétaro. Iconos de la infancia que a menudo resurgen para demostrarme la influencia de las primeras huellas.
Y sigue el espectáculo...


1 Comments:
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